Minimizar: la nueva política de estado

Un reportero lanza el dato: la gasolina Premium rozando los 30 pesos. Es lo que está pagando la gente.

La respuesta llega ligera, casi casual: que carguen Magna.
Y ahí se revela todo.

Ese estilo dejó de ser un accidente. Se volvió costumbre. Casi política de Estado.

El gobierno escucha un problema real y responde como si fuera un ajuste menor en la vida cotidiana. Como si el país funcionara a base de recomendaciones.

El precio sube, el ciudadano decide.
El servicio falla, el usuario se adapta.
El riesgo crece, la gente se cuida sola.

La responsabilidad se diluye.

Nadie dice “no es nuestro problema”.
Nadie lo necesita decir.

Basta la actitud.

México acumula temas pesados: violencia, desaparecidos, carreteras inseguras, hospitales rebasados. Ninguno cabe en una respuesta ligera ni se resuelve con una salida rápida frente al micrófono.

La reacción se repite.

Se reduce la dimensión del problema. Se vuelve manejable en palabras. Termina en algo que cada quien tiene que resolver por su cuenta.

El mensaje baja, aunque no se diga así: es tu bronca.

Arréglate con la gasolina.
Pon tu denuncia.
Si hay medicinas.

El gobierno observa. El ciudadano aguanta.

Esa lógica no necesita decretos. Se instala con repeticiones. Con respuestas breves. Con esa manera de hablarle al país como si todo fuera opcional.

No hay confrontación directa con la realidad. Administran el discurso.

Se responde rápido. Se sigue adelante. El tema se enfría. Otro día, otra pregunta, otra salida corta.

Y así se construye algo más profundo que una mala respuesta: una forma de gobernar.

Una donde los problemas existen, pero pesan menos en la voz oficial.
Una donde la exigencia se diluye en lo cotidiano.
Una donde el fondo nunca se toca.

La gasolina cara no se resuelve cambiando de bomba.

Lo verdaderamente preocupante ya no es el precio.

Es que nadie en el gobierno de Morena parece dispuesto a hacerse cargo.

Palabra de norteña.

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