Karl Marx prometió redención social y terminó justificando sistemas cerrados, economías arruinadas y educación convertida en herramienta de formación ideológica. Su propuesta no se vendió como dogma; se presentó como liberación. Ofrecía conciencia crítica y entregó estructuras de control. Habló de igualdad mientras sus ideas sirvieron de base a regímenes que concentraron poder y sofocaron disidencia.
Su nombre dejó de ser solo filosófico. Se volvió símbolo.
En México, ese nombre reapareció en el debate educativo: Marx Arriaga. No es una analogía forzada. Él mismo ha reconocido que fue nombrado en referencia a Karl Marx. La carga simbólica existe desde el origen.
El problema no es el nombre. Es la coherencia entre discurso y consecuencias.
Durante su gestión en la Dirección de Materiales Educativos de la SEP, los libros de texto gratuitos fueron rediseñados bajo una lógica que desplazó estructura tradicional, fragmentó asignaturas y priorizó narrativa comunitaria sobre progresión académica clara. El cambio no fue técnico; fue ideológico.
Se imprimieron millones de ejemplares.
Se documentaron errores formales, imprecisiones y deficiencias metodológicas. La respuesta oficial fue suavizar el término: “áreas de oportunidad”. Una frase cómoda para un funcionario; inadmisible para un sistema educativo nacional.
La educación básica no admite relativismo.
No admite improvisación.
No admite consignas.
Después vino una declaración reveladora: el propio Arriaga calificó los libros como “obradoristas”. Esa palabra lo cambia todo. Un libro de texto gratuito no pertenece a un presidente. No lleva apellido sexenal. No es tribuna de gobierno. Es herramienta de Estado.
La escuela no es extensión de la propaganda.
El episodio final terminó por retratar el momento político. Tras su salida, Marx Arriaga se atrincheró en oficinas de la SEP, cuestionó la legalidad de su remoción y denunció corrupción dentro de la misma estructura que defendió durante años. El arquitecto del proyecto educativo central del régimen acusando irregularidades en el régimen que presumía haber erradicado la corrupción.
La contradicción es frontal.
Si existían prácticas indebidas, la responsabilidad alcanza a quien dirigía una de las áreas estratégicas.
Si no existían, la acusación funciona como narrativa de ruptura tras perder el cargo.
En ambos escenarios la institución queda debilitada y la educación, nuevamente, convertida en campo de batalla.
Karl Marx construyó una teoría que prometía justicia absoluta y terminó erosionando libertades individuales allí donde se aplicó con rigidez doctrinaria.
Marx Arriaga encabezó una transformación educativa que prometía renovación y terminó envuelta en errores, polarización y disputa política.
La infancia mexicana no puede ser rehén de experimentos ideológicos ni de pleitos internos. La primaria define comprensión lectora, pensamiento lógico y base científica. Sin rigor académico, el rezago no se nota de inmediato; se manifiesta años después en competitividad perdida y oportunidades truncadas.
El nombre no condena.
Las decisiones sí.
Los resultados, más aún.
La educación es el cimiento del país.
Y el cimiento no se construye con consignas ni con embustes.