Hay algo que no cuadra en la historia de Rubén Rocha Moya: hace apenas dos años, Morena y Claudia Sheinbaum cerraban filas con el gobernador de Sinaloa. Hoy, los mismos que entonces gritaban “¡No estás solo!”, prácticamente lo dejaron solo.
En 2024, cuando el nombre de Rocha apareció en medio del caso de Ismael “El Mayo” Zambada y el asesinato de Héctor Melesio Cuén, Morena defendió al gobernador bajo el argumento de la presunción de inocencia. Incluso lo recibieron en la Cámara de Diputados con aquella frase que quedó grabada: “No estás solo, Rocha.”
Hoy el escenario es distinto. Estados Unidos presentó una acusación formal contra Rocha y otros funcionarios por presuntos vínculos con Los Chapitos. Rocha niega las acusaciones y, por supuesto, corresponde a las autoridades probar cualquier responsabilidad.
Pero el verdadero giro político llegó cuando Rocha, después de 112 días de licencia, decidió regresar a la gubernatura.
¿Por qué lo hizo?
No lo sabemos con certeza. Él dice que fue una decisión personal y que, después de ponerse a disposición de las autoridades, consideró que no había razón para continuar separado del cargo. Pero su regreso también pudo tener una motivación política o jurídica: recuperar el control de su gobierno o la protección asociada al ejercicio del cargo. Son hipótesis, no hechos probados.
Lo que sí sabemos es que regresó presuntamente sin el respaldo de Sheinbaum.
La presidenta dijo que no fue consultada y que su regreso no le parecía pertinente. En cuestión de horas, Morena y sus gobernadores cerraron filas con ella. Y Rocha terminó solicitando nuevamente licencia.
Aquí está la verdadera pregunta:
¿Qué cambió?
Quizá no cambió la presunción de inocencia de Rocha. Cambió el costo político de defenderlo, en medio de la cancelación de visa americana de Andrés López Beltrán y con un año electoral en puerta.
Mientras en 2024 respaldarlo significaba defender a un gobernador frente a acusaciones aún no formalizadas en Estados Unidos, en 2026 sostenerlo en el cargo significaba para Sheinbaum asumir el costo político de respaldar a un gobernador acusado formalmente por autoridades estadounidenses de presuntos vínculos con el crimen organizado.
Pero hay una contradicción que Morena no puede borrar. Si Rocha merecía el respaldo cuando dijeron “no estás solo”, ¿por qué ahora merece el aislamiento?
Y si hoy la situación es suficientemente grave para apartarlo políticamente, entonces cabe preguntar: ¿por qué durante tanto tiempo estuvieron dispuestos a defenderlo?
La política puede cambiar. Los principios no deberían hacerlo.
Porque el caso Rocha Moya no sólo pone bajo la lupa al gobernador.
También pone bajo la lupa la congruencia de Morena y las prioridades de Sheinbaum.