Durante años, hablar de Venezuela en México se volvió un ejercicio de evasión. Todo mundo tiene una frase lista, un principio diplomático a la mano, una postura “responsable” para no decir nada. Mientras tanto, el país se caía a pedazos. Hoy, con Nicolás Maduro enfrentando procesos judiciales y con su legitimidad internacional hecha pedazos, esa evasión ya no alcanza. Seguir fingiendo neutralidad empieza a verse como lo que es: una forma de no asumir nada.
Desde Morena se repite la misma consigna desde hace años: no intervención y autodeterminación de los pueblos. La dicen como si bastara pronunciarla para quedar del lado correcto de la historia. Pero en la práctica ya no funciona como principio diplomático, sino como escondite. Sirve para no llamar dictadura a la dictadura y para no incomodar a nadie dentro del propio movimiento.
Vale aclararlo de una vez: nadie está pidiendo una invasión extranjera. Nadie está llamando a una guerra. Ese es el espantajo que se levanta cada vez que alguien intenta hablar en serio del tema. El punto es mucho más básico: si un país que se dice democrático puede seguir callando cuando un régimen persigue opositores, simula elecciones y obliga a millones a irse.
El silencio no es neutral. Es cómodo.
Cada vez que se menciona Venezuela aparece el petróleo como explicación universal. Que si los intereses externos, que si la presión internacional, que si la codicia. Todo eso puede discutirse. Lo que casi nunca se responde es por qué, con tanto petróleo, los venezolanos nunca vivieron mejor. No hubo hospitales funcionando, no hubo servicios básicos, no hubo salarios dignos. El recurso estuvo ahí; el bienestar, no.
En ese contexto, Cuba aparece como un aliado político constante del régimen venezolano. Sin exageraciones ni caricaturas. Acompañó, respaldó y asesoró durante años un modelo de control que no pasó por la democracia. Eso no es consigna ideológica ni teoría conspirativa: es parte del historial reciente de la región.
Y ahí es donde el discurso mexicano empieza a crujir.
Se invoca la soberanía para no opinar sobre Venezuela, pero al mismo tiempo México envía petróleo a Cuba como decisión política sostenida. No como ayuda puntual ante una emergencia, sino como política de gobierno. La pregunta es: si la soberanía sirve para callar frente a una dictadura, ¿por qué no sirve para explicar por qué se entregan recursos estratégicos nacionales a un gobierno extranjero?
Ese doble rasero es el problema.
Mientras políticos de Morena se manifiestan, opinan y se indignan sin riesgo alguno —algunos incluso opinando desde Roma, como Gerardo Fernández Noroña, férreo defensor del régimen venezolano y amigo declarado de Maduro, hoy de vacaciones—, los venezolanos en el exterior celebran. No celebran castigos ni venganzas. Celebran porque saben lo que significa que, por fin, algo se rompa en un régimen que parecía eterno.
Unos defienden consignas.
Otros solo quieren volver a casa.
Venezuela no colapsó por una invasión ni por un complot externo. Colapsó porque el poder se concentró, la ideología se volvió excusa y la ley dejó de importar. Defender eso, justificarlo o simplemente callarlo desde México no es prudencia diplomática ni respeto a la soberanía. Es mirar hacia otro lado mientras otros pagan el costo. Y ese silencio —aunque se disfrace de principio— también tiene responsables.