Memoria naranja

En Nuevo León gobierna un aparato que gasta millones en verse bien y cada vez menos en hacer las cosas bien. Ahí están los espectaculares, los videos de alta producción, la pauta digital inagotable y la sonrisa permanente. Es la política adelantada con nombres en circulación y una operación interna que se mueve con prisa electoral mientras la ciudad padece el abandono.

El gobierno vive en una campaña perpetua mientras la realidad se desmorona fuera de las pantallas.
Basta recordar que un mitin de Movimiento Ciudadano terminó con muertos y familias destrozadas. Fue un evento con responsables que no han enfrentado consecuencias proporcionales al daño y donde el tema se fue apagando en la conversación pública por puro diseño mediático.

El dolor de las víctimas persiste, igual que la herida abierta por el caso de Ángel: un menor bajo custodia del Estado que murió en un sistema que debía protegerlo. Ese expediente sigue cargando preguntas que la respuesta institucional, siempre opaca, ha preferido evadir.

La negligencia hoy tiene consecuencias físicas en las calles. Hace apenas un par de días, un bloque de concreto de las obras del Metro cayó sobre un vehículo, dejando heridos de los cuales el gobierno no se ha hecho responsable; no hay pago de daños ni atención a las curaciones. El desorden y los tramos abandonados generan un riesgo constante donde estructuras colapsan y los ciudadanos se salvan por centímetros. El Metro se volvió una fuente de miedo diario y falta de certeza.

Esta misma pulsión autoritaria se reflejó en la toma del Congreso por supuestos ciudadanos que, en realidad, eran operadores de Movimiento Ciudadano. Fue el punto más bajo de la política local, con detenciones y violencia física en un intento por imponer un interinato a modo. Ese conflicto entre el Ejecutivo y el Legislativo se mantiene hoy como una parálisis permanente que asfixia al estado.

Mientras tanto, las promesas económicas resultaron ser estelas de humo: Tesla es un trofeo vacío y las inversiones de Nvidia fueron infladas desde el poder hasta que la propia empresa tuvo que desmentirlas.
Incluso el estadio de Tigres terminó como un discurso sin ejecución. Detrás del ruido quedan las dudas sobre el dinero del gobernador, las investigaciones y las relaciones empresariales bajo sospecha que nadie aclara. La apuesta del sistema es el cansancio social. Buscan que la gente se acostumbre al caos, que deje de indignarse y que vea la ineficiencia como parte del paisaje.

Hay prisa por seguir, por la siguiente elección, pero no hay urgencia por resolver los pendientes ni respeto por la gravedad de lo ocurrido. Nuevo León requiere un gobierno que deje de jugar a la política mientras la realidad se le cae encima. El problema es que el poder está convencido de que aquí no pasa nada.

Palabra de norteña.

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