El precio de los abrazos

La violencia no aparece por generación espontánea. Responde a decisiones, a mensajes, a señales enviadas durante años.

Lo ocurrido ayer no fue casualidad. Fue reacción. Un golpe relevante contra una estructura criminal detonó una respuesta inmediata: bloqueos, incendios, intimidación pública. Demostración de fuerza. Exhibición de capacidad. El mensaje fue simple: “seguimos aquí”.

Así opera el crimen organizado. Ante una afectación directa, responde con fuego para medir la solidez institucional. No actúa por impulso; actúa por cálculo. Evalúa riesgos, anticipa consecuencias, prueba límites.

El problema no es que el Estado actúe. Debe hacerlo. El problema surge si la acción es aislada y no parte de una estrategia sostenida. Un golpe sin continuidad provoca reacción. Una política integral provoca debilitamiento estructural.

Durante el sexenio de Andrés Manuel López Obrador se instaló una narrativa peligrosa. “Abrazos, no balazos” dejó de ser frase retórica y se convirtió en señal política. Se privilegió el discurso moral por encima de la imposición firme de la ley. Se evitó el lenguaje de autoridad. Se normalizó la contención en lugar de la confrontación estratégica.

El crimen entendió el mensaje.

No se trata de negar operativos ni capturas. Se trata de la señal dominante: evitar el choque como principio rector. Esa ambigüedad redujo el costo percibido por las organizaciones criminales. El resultado fue expansión territorial, fortalecimiento financiero y mayor capacidad de reacción.

Ayer vimos esa capacidad.

Los elementos de seguridad merecen reconocimiento absoluto. Soldados, marinos y policías enfrentan escenarios complejos con profesionalismo y riesgo real. Sin embargo, el valor individual no sustituye una política de Estado consistente y sostenida.

Nuevo León ya vivió algo similar.
2010, 2011 y 2012 marcaron una etapa oscura: enfrentamientos constantes, ataques coordinados, carreteras bloqueadas, miedo instalado en la vida diaria. La economía resentida. Las familias alteradas en su rutina. La autoridad puesta a prueba.

La recuperación no fue producto de discursos conciliadores. Fue resultado de coordinación firme, inteligencia operativa, depuración institucional y decisión política clara. Fue autoridad sostenida en el tiempo.

Esa experiencia dejó una lección: el crimen retrocede ante firmeza estratégica, no ante mensajes ambiguos.

La seguridad no es consigna partidista. Es una condición mínima para la libertad económica, la estabilidad social y la tranquilidad familiar. Sin orden no hay inversión. Sin autoridad no hay futuro.

Los abrazos tuvieron un costo.
Hoy lo estamos pagando en capacidad de reacción criminal y en la normalización de la violencia como instrumento de presión.

El crimen prueba al Estado cada vez que responde con fuego.
El Estado debe responder con estrategia, continuidad y autoridad.

Lo contrario ya demostró su precio.

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