¿Qué queda después del 8M?
Queda un país donde ser mujer sigue siendo un acto de valentía cotidiano. Un país donde cada día decenas de mujeres desaparecen, donde la violencia doméstica sigue escondida detrás de miles de puertas cerradas y donde la justicia llega tarde, si es que llega.
Las marchas terminan.
La realidad continúa.
El gobierno federal ha insistido en presentarse como un gobierno comprometido con las mujeres. La narrativa oficial habla de transformación, de justicia social y de reivindicación histórica. Sin embargo, en la vida cotidiana muchas mujeres siguen enfrentando un sistema incapaz de protegerlas.
Refugios que sobreviven con recursos limitados.
Instituciones saturadas.
Investigaciones que no avanzan.
Familias que buscan solas a sus hijas desaparecidas.
Las madres buscadoras se han convertido en uno de los símbolos más dolorosos de nuestro tiempo. Mujeres que salen con picos y palas a recorrer cerros y desiertos, haciendo el trabajo que el Estado no ha podido o no ha querido hacer. Ellas no marchan una vez al año. Ellas marchan todos los días.
Aun así, reducir la historia de las mujeres en México a la violencia sería injusto.
En todo el país hay mujeres que están brillando con fuerza propia. Mujeres que levantan empresas desde cero, que sostienen hospitales en turnos interminables, que educan generaciones enteras desde las aulas, que sacan adelante familias completas con trabajo y disciplina.
Pienso, por ejemplo, en maestras como mi madre, Gloria, que dedicó su vida a formar generaciones enteras desde un salón de clases. Como ella, miles de mujeres sostienen el futuro del país sin cámaras, sin discursos y sin reconocimientos públicos.
México se sostiene en buena parte gracias a ellas.
También están las mujeres que se encuentran en la primera línea de una batalla mucho más silenciosa: la lucha contra el crimen organizado. Policías, soldados, agentes federales que enfrentan a los grupos criminales en condiciones extremas, muchas veces con recursos limitados y bajo un riesgo constante.
En días recientes, una mujer de la Guardia Nacional perdió la vida durante un operativo contra una de las organizaciones criminales más violentas del país. Murió cumpliendo su deber, enfrentando a quienes han convertido regiones enteras en territorios de miedo.
Su historia apenas ocupó algunos titulares.
Sin embargo, su sacrificio merece algo más que una mención breve. Representa el valor de miles de mujeres que no solo exigen seguridad: también la defienden con su propia vida.
Después del 8M también están ellas.
Están las mujeres que no marchan, pero sostienen a sus familias.
Las que buscan a sus hijos desaparecidos.
Las que trabajan doble jornada para salir adelante.
Las que enfrentan al crimen con uniforme puesto.
El debate público suele quedarse atrapado entre consignas y confrontaciones ideológicas. La realidad es más compleja. Las mujeres de México no son un bloque uniforme ni una causa propiedad de ningún grupo político. Son millones de historias distintas, atravesadas por retos reales que exigen respuestas serias.
El país necesita menos discursos y más soluciones.
Las vallas se retiran.
Las pintas se borran.
Después del 8M, la vida sigue.
Y con ella, la responsabilidad de construir un país donde ninguna mujer tenga que elegir entre sobrevivir o rendirse.
Palabra de norteña